La noche que Joaquín Sabina salió del Titanic y pudo contarlo en costas dominicanas
El autor, amigo de Joaquín Sabina desde hace más de 20 años, le ha visto en su recital del 23 de noviembre en el desfallecido Teatro Nacional. Recuerdos y memorias de un Madrid en el Bar Elígeme, que no será más.
Mientras esperaba el recital, a mi memoria acudía una joven de Granada llamada Gini, quien en los años 80 me había explicado el origen de la lírica de Joaquín Sabina, entre copas en el Maravillas, aquella vasca (multitudes) maravillosa de las madrugadas en la calle Manuela Malasaña, paralela a la antigua calle Palma (41, izquierda, y cómo no lo voy a recordar!! ) donde yo vivía a gusto y con humildad, pero con toda la música y el cine del mundo, a tiro de metro: Tribunal.
Entonces, Joaquín Sabina, que un día habló de modo simple con un dominicano que tomaba tragos en el Elígeme y que se desternillaba a risas cuando Paolo Conte cantaba la canzone italiana final para cerrar el club (Buona notte, ), entonces era que todo comenzaba, entonces era que la gente convocaba esa alegría final que nada tiene que ver con la frivolidad, sino con las ganas de vivir de verdad, autenticidad que me falta en uno que otros de los bares que hoy existen en el casco de nuestra vieja ciudad colonial...
Porque obviamente, hablo de un Madrid que nunca será igual, Hortaleza estaba llena de máquinas de escribir viejas, que tenían voces de teclas oxidadas y te decían: "llévame "...
Hablo de ese Madrid aturdido y fabuloso en el que Joaquín Sabina me contaba alguna vez, que hubo de levantarse temprano, para ver si la canción A la Sombra de un Leon (que Ana Belén hiciera famosa con su versión) era correcta cuando decía " y chocó con el Banco Central " (bis)...
Candores y aventuras de un amigo simple en la forma, complejo en el contenido y grandioso cuando descubre la empatía.
En 1984, Joaquín me invita a Casa Campo, tenía deseos de conocer a Juan Luis Guerra, hice los contactos debidos, la noche previa se había maravillado con Vinicio Franco, que había cantado en un espectáculo de Casa Campo, le fascinaba el merenguero, porque me comentaba que había recordado un poco a Machín, en aquel momento conocí la fuerza humana y la humildad de un artista, pensador, cronista urbano y poeta que se maravillaba de un hombre que no tenía idea de quien era él, a pesar de los gestos ariscos del merenguero, Sabina le miraba con una silente admiración que me sobrecogía el espíritu, así aprendí a conocerle...
En ese mismo, finalmente, el encuentro entre Víctor Víctor, José Antonio Rodríguez, Juan Luis Guerra y Joaquín Sabina se concretó en un restaurant recién inaugurado en Gazcue, situado en la calle Cervantes, casi esquina Santiago: Amena fue la noche.
A lo largo de todo este tiempo, nos hemos nombrado entre amigos comunes, pese a que cruzó con frecuencia por España, nunca nos habíamos vuelto a ver desde hace unos 10 años.
La noche del 23 de noviembre estuve allí, era un convidado más, sabía que hablaríamos, sabía que el intento por encontrarnos iba a ser mutuo, mientras esperaba detrás del escenario que terminara el concierto, tristeza me dio el teatro en sus entrañas, goteras sobre cajas nuevas y un amasijo de utilería con peste a moho descuidada...
Pero volvamos a los inicios: estuve en las Ventas, la plaza de toro mayor de Madrid cuando Joaquín Sabina calentaba el verano con la famosa canción, que apenas mostraba su talante desenfadado y díscolo, crítico y burlón, lírico y realista, romántico (de Bayron o Biedma), justiciero y querendón, amador de ciudades y gentes, de leyendas y tragedias, me refiero a "Pongamos que hablo de Madrid ", era el 1986, el furor no hacía más que empezar, en aquellos momentos cronistas fáciles hacían el símil de Dylan entre otros, cuando en realidad textos y sentencias, perfiles y personajes si bien eran urbanos, lograban en sus canciones una visión universal que es el cometido trascendente de todo buen texto poético que fluye en su raíz, sin pretender lugares o peldaños que no le pertenecen.
Mientras este concierto del 2006 fluía entre canciones y canciones, medley y provocaciones, el barco y su tripulación había naufragado en un puerto repleto de público, un público de Joaquín Sabina en República Dominicana, que había crecido en una diversidad social que me asombraba.
Yo en cambio, recordaba al amigo, sus ideas, sus confesiones: aquel DNI de su madre colocado entre sus documentos para siempre, ofrenda cabal del hijo agradecido que en su imaginación, no carga en los bolsillos traseros el DNI, sabe que lleva flores invisibles en formas mustias y adoradas.
Porque además en el bolsillo llevaba el metro La Latina y la algarabía de todo Getafe y sus vírgenes palomas de verbenas interminables entre el asfalto brilloso de la lluvia y cielo dormilón.
Ese es Joaquín Sabina, creyente de la utopía, todo esto corría por mi mente mientras me daba gusto ver el público en una experiencia colectiva de alegría compartida, hecho que en este país solo la música nacional y a veces la extranjera concita, pero me gustaba ver reír al público, diverso socialmente, atrapados por luces repentinas, entre reflejos de perseguidores blancos y azules con tonos turquesa, así me gustaba ver al público porque me recordaba que en aquel momento todo aquello que dicen hemos perdido los dominicanos y dominicanas, como que se volvía a recuperar: reirnos y cantar juntos alguna vez, sin esta tristeza y agresividad que a veces arropa los espacios que menos esperamos en la ciudad.
El propio Joaquín Sabina tocado por ese mismo espíritu, llegó a quitarse el sombrero con el mar de fondo y un Titanic por él rescatado con el milagro de la música, ese valor extraordinario y profundo de toda la buena música, tan importante como toda buena mesa, tan importante como todo gran Jardín a la belleza no fugaz de las pupilas alertas. Así transcurría el concierto, y yo no podía más que recordar el tiempo que hacía no veía al amigo.
Me auguraba en este país grandes cosas, me concedía una inteligencia que nunca he tenido, siempre fue pródigo en elogios
porque las conversaciones siempre fueron profundas, alucinantes, cargadas de esos sueños de los otros y sus posibilidades imposibles.
Por todas esas razones, y otras tantas que no tengo tiempo de escribir, por aquel Madrid de los habichuelitas en Arco de Cuchilleros y aquel cante más jondo que hondo, sabía que al sentarme a ver aquel concierto era irremediable que me quedara sentado en mi asiento y no hiciera el esfuerzo de verlo.
César Suárez decidió conducir su propio vehículo, el concierto de aquella noche llegaba a su fin, de nuevo, como ya había acotado más arriba, esperaba "el encore", detrás del escenario y mientras Joaquín Sabina terminaba la última canción de la noche del 23 de noviembre, yo miraba hacia los techos del Teatro Nacional, no lloré porque no era el momento, pero la suerte y el abandono me erizaban, Joaquín había terminado, un cálido saludo y una cita para la noche del 24 en el lobby de su hotel ( Continuará )...
domingo 16 de marzo de 2008
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1 comentarios:
Muy buena tu entrada, gracias.
Te invito a que veas la entrevista que Mara Torres y Carlos del Amor le han hecho a Sabina en La 2 Noticias... En nuestra página tienes el vídeo, y si te apetece comentar, opinar... puedes utilizar allí tb los comentarios.
Vídeo de la entrevista a Joaquín Sabina en La 2 Noticias
Saludos desde España,
Mara Torres Página no oficial (Labana blog)
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